La Joven de los Besos Morados
Una narradora contempla las marcas de un vínculo íntimo. Entre el espejo y las palabras, lo familiar comienza a cambiar.
Lo que más me gustaba era visitar a Maura en su taller de autos. Había algo en ese lugar —el olor a metal tibio, el aceite oscuro, la luz filtrándose entre herramientas colgadas— que hacía que todo pareciera más real, más intenso, como si el mundo, al cruzar ese umbral, adquiriera una densidad distinta. Como si todo pesara un poco más. Como si nada pudiera ser ligero ahí dentro. Pero no era solo eso. Era porque siempre volvía llena de esos besos. Besos no convencionalmente rojos, como la mayoría imagina las marcas de un beso, sino morados; de un tono más profundo, más contenido, como si no pertenecieran del todo a la superficie de la piel, sino que hubieran sido depositados en ella con una intención más persistente. Morados. Siempre morados. Maura tenía una fascinación particular por dejarme esos besos de color morado. Nunca lo explicó del todo —y yo tampoco lo exigí—, pero en su manera de hacerlo había algo que se repetía, algo que no era casual. Supongo que era una especie de fetiche, o una fantasía suya, una forma de apropiarse del gesto más común y volverlo algo más íntimo, más secreto. Y yo lo aceptaba. Lo aceptaba como se aceptan las cosas que no necesitan explicación. O que no deberían necesitarla. Esos besos… tenían presencia. No desaparecían del todo. No como otros. Permanecían. Aun cuando dejaba de mirarlos, seguían ahí, como si no dependieran de mi mirada para existir. Como si existieran igual. Como si siempre hubieran estado. Algunos eran apenas insinuados, como si hubieran sido dados con una delicadeza que no buscaba dejar rastro y, sin embargo, lo hacía. Otros, en cambio, eran más intensos, más densos en el color, como si el gesto hubiera persistido un instante de más. Un instante de más. Lo suficiente. Me gustaba descubrirlos después. Siempre después. Después de irme. Después de separarme de ella. Después. Cuando ya estaba sola, frente al espejo, girando apenas el cuello o levantando la manga con lentitud, como si ese pequeño acto exigiera una precisión particular. Como si verlos fuera parte del mismo gesto que los había dejado. Había uno, justo debajo de la clavícula, que parecía cambiar con la luz. Por la mañana era tenue, casi indeciso; pero al caer la tarde adquiría una profundidad distinta, como si despertara. Como si esperara ese momento. Ese lo cubría sin pensarlo demasiado. Lo cubría. Otro, cerca de la muñeca, tenía una forma difusa, como si hubiera sido dejado en un descuido. Ese me detenía más tiempo. Más tiempo del necesario. Lo observaba sin tocarlo. Sin tocarlo. —Te quedan mejor que a nadie, preciosa Emma —me decía Maura—. En vos se ven distintos. Distintos. La palabra no desaparecía. Quedaba. Distintos… como si no pudieran pertenecer a nadie más. Como si no debieran. Y esas palabras no se iban. Volvían. Como los besos. Siempre volvían. Con el tiempo, aprendí a convivir con ellos. A elegir la ropa según dónde estuvieran, a dejar caer el cabello con naturalidad, a evitar ciertos gestos. No era incomodidad exactamente. Era cuidado. Cuidado de no mostrarlos. Cuidado de no perderlos. Cuidado de no pensar demasiado en ellos. Porque esos besos no eran para cualquiera. No debían serlo. Y, sin embargo, estaban las miradas. En la calle, en un café, en los reflejos imprevistos, había siempre un instante en el que alguien parecía detenerse apenas un segundo más. Un segundo de más. Yo lo sentía. Se dieron cuenta, pensaba. Se dieron cuenta. No de los besos en sí —no exactamente— sino de lo que implicaban. De nosotras. De nosotras. Y a veces —muy pocas veces— una idea se insinuaba. Leve. Incómoda. ¿Y si lo supieran? No lo pensaba. No del todo. Pero la idea volvía. Siempre volvía. Había escuchado historias, dichas en voz baja, en la radio, como si pertenecieran a otro mundo: mujeres expuestas, señaladas, arrastradas por una violencia que parecía no necesitar explicación. No me detenía en eso. No debía. Pero a veces… —La gente no entiende —dijo Eleonore una vez—. Pero tampoco hace falta. No hace falta. La frase era cerrada. Completa. No hacía falta. Yo asentí. Esa noche cenábamos juntas. La mesa era pequeña, la luz baja, todo contenido en una calma que parecía completa. Eleonore estaba frente a mí, con esa forma suya de ocupar el espacio sin esfuerzo. Sin esfuerzo. Entonces fue ella quien extendió la mano. No como quien pide, sino como quien dispone. Como quien ya sabe. Y yo dejé que la mía descendiera hasta la suya. Su contacto era firme, seguro. El mío, más leve. Mis dedos se acomodaron en los suyos como si ese lugar ya existiera. Como si siempre hubiera estado ahí. Siempre había sido así. Siempre. Y en ese instante —justo en ese instante— algo irrumpió. No fue solo el sonido, aunque lo hubo: seco, quebrado. Fue la forma en que el espacio cedió, como si algo invisible se hubiera rasgado. Como si lo firme dejara de serlo. La puerta dejó de ser límite. Entraron. No supe cuántos. No supe cuándo. Solo vi cómo se acercaban, cómo sus manos encontraban su brazo, cómo la separaban de mí con una facilidad que no podía entender. No podía entender. Una voz habló. —Señora… queda usted detenida por agresiones. Agresiones. La palabra no encajaba. No encajaba en nada. —¿Agresiones? —dije—. ¿Cómo que agresiones? Los miré. La miré. —No… no entienden —empecé—. Ella… ella es la mujer más buena que existe, no haría daño a nadie, tiene su taller, trabaja todo el día, ustedes no saben… No saben. No pueden saber. —Esto es por nosotras —seguí—. Es por nosotras, ¿no? No pueden hacer esto. No pueden. —No nos pueden hacer esto por ser dos mujeres. Dos mujeres. —Somos dos mujeres. No estamos haciendo nada malo. Nada malo. —Somos dos mujeres que se aman. Se aman. —No pueden hacer esto. No pueden. No pueden. No pueden. Se la llevaron. Y yo me quedé ahí. Con las palabras todavía en la boca. Todavía saliendo. —No pueden hacer esto. Subí las escaleras. No recuerdo haber decidido hacerlo. —No pueden hacer esto. Un escalón. Otro. —Somos dos mujeres. La casa estaba en silencio. —No estamos haciendo nada malo. La puerta. —No pueden hacer esto. Entré. El espejo estaba cubierto. Cubierto. No sabía por qué. —No pueden… Me acerqué. Tomé la tela. La tiré. El reflejo apareció. Yo. Y los besos. Muchos. Demasiados. Por todos lados. Más de los que recordaba. Más. Me acerqué. Busqué la forma. La forma que siempre estaba. No estaba. Pestañeé. Nada cambió. Me acerqué más. Los bordes no eran suaves. El color no era uniforme. No había labios. No había forma. No había beso. Levanté la mano. Toqué uno. Dolía. Me quedé quieta. Toqué otro. Dolía. Otro. Dolía. Dolía. Dolía. Dolía. Y en ese instante —sin que nada más cambiara— entendí. Nunca los había visto. No así. Nunca sin la palabra. Nunca sin nombrarlos primero. El espejo no había cambiado. La piel tampoco. Solo la forma de verlos. La forma de pensarlos. La forma de llamarlos. Y por primera vez, mirándolos, sintiéndolos todavía bajo la piel, ya no supe cómo llamarlos.