El Hombre Inmortal
Giuseppe confiesa su deseo de vivir para siempre ante un desconocido que parece comprender demasiado bien los anhelos ajenos.
“Ser inmortal, ese es mi mayor deseo” ―musitó Giuseppe con un murmullo apenas audible, como si temiera que el aire mismo traicionara su confesión. La copa temblaba en sus manos, y el vidrio, húmedo de sudor y vino, parecía a punto de resquebrajarse bajo el pulso febril de sus dedos. El tugurio en que se hallaba se erguía como un refugio de almas arruinadas: el techo rezumaba humedad, el suelo exhalaba la pestilencia del alcohol rancio, y el ambiente, saturado de humo y hedor a cuerpos desesperados, sofocaba a quien osara respirar demasiado profundamente.
Frente a él, envuelto en una penumbra que no parecía provenir de la lámpara mortecina, se encontraba un hombre de fisonomía espectral: ojos hundidos, tan hundidos que semejaban dos cavernas donde la luz había perecido hacía siglos, y una sonrisa torcida, más semejante a una herida abierta que a un gesto humano. El extraño alzó con parsimonia su vaso, y en el movimiento lento y calculado se percibía un deleite malsano.
Por un instante —apenas un desliz, una imperfección en la máscara— su sonrisa pareció contraerse en un gesto impropio, demasiado amplio, demasiado tenso, como si hubiese en ella algo que no terminaba de corresponder a la forma de un rostro humano.
Pero el gesto se disipó antes de poder afirmarse.
Bebió, y solo después dejó escapar una voz grave, revestida de un goce indecible:
—Curioso… —murmuró, con una sonrisa apenas insinuada—. Qué deseo más… interesante. Hay hombres que beben para olvidar… otros, para recordar… pero muy pocos saben, en verdad, qué es aquello que anhelan.
—Lo observó con detenimiento—. Y, sin embargo, usted parece tenerlo claro.
Ser inmortal…
—Repitió la palabra con una suavidad extraña, como si la probara—.
Dicen que lo verdaderamente insoportable no es el dolor… sino aquello que no puede olvidarse. Aquello que persiste. Aquello que ni el tiempo… ni la voluntad… consiguen borrar.
Tal vez, después de todo, no desee vivir para siempre… sino convertirse en algo… imposible de olvidar.
—Hizo una pausa—.
A mí, en cambio… se me conoce por otra clase de oficio.
Digamos que tengo cierta… afinidad con los deseos ajenos.
Los escucho. Los comprendo.
—Su sonrisa se acentuó apenas—.
Y, en ocasiones… los vuelvo realidad.
Giuseppe reprimió un estremecimiento que, sin embargo, recorrió su espina como un hierro candente. La ebriedad, empero, lo dotó de un coraje impostado; la risa brotó de su boca como un ruido hueco, casi ajeno, pues creyó hallarse frente a un loco más entre tantos en aquel bar de mala muerte.
Mas la ilusión se quebró al instante siguiente. El hombre depositó su vaso con un golpe seco, un sonido que se expandió como un disparo en la quietud inmunda del recinto.
—Puedo concederle su deseo —susurró, como quien entrega un secreto fatal.
Deslizó entonces un trozo de papel, amarillento y doblado, cuya sola presencia parecía despedir una repugnancia inmaterial.
—Vaya a esta dirección. Pregunte por Frederick. Diga que va de mi parte.
Giuseppe, cuya ingenuidad rozaba la demencia, atrapó el papel con manos temblorosas y, en su ceguera ambiciosa, asintió con un entusiasmo pueril.
Días más tarde, tras un peregrinaje que le resultó infinito, Giuseppe alcanzó la dirección escrita con caligrafía febril. Era una casona en ruinas, una reliquia vencida por la intemperie y el abandono. Sus ventanas, cubiertas de hollín y polvo, parecían ojos cegados, incapaces ya de llorar su propia decadencia. La puerta, al abrirse, lanzó un lamento prolongado, como un cuerpo antiguo perturbado en su reposo.
Dentro lo aguardaba Frederick, el artista. Su aspecto era el de un bufón enloquecido: un bigote largo que temblaba con cada palabra, y unas manos manchadas de óleo y de una materia más oscura, más densa, que el óleo jamás conoció. Aquellas manos se entrelazaban y frotaban con una ansiedad sacrílega, como si anticiparan un rito largamente esperado.
—Antes de comenzar, debe firmar esto —pronunció, ofreciendo un contrato polvoriento, cuya tinta se hallaba ya quebrada por los años.
Giuseppe, desprovisto de juicio y cegado por la promesa de eternidad, no leyó una sola palabra. Tomó la pluma, cuyo plumín aún rezumaba un líquido negro semejante a sangre coagulada, y estampó su nombre con un ardor febril.
—El primer paso —murmuró Frederick con delectación apenas disimulada— es encadenarlo.
Giuseppe vaciló —un instante ínfimo—, pero la avidez que lo consumía terminó por sofocar cualquier vestigio de prudencia.
Se entregó.
El hierro lo recibió sin solemnidad alguna. Primero en las muñecas: un contacto glacial, de una pureza casi quirúrgica, que en el mismo latido se tornó opresivo. Las argollas se cerraron con un chasquido irrevocable, y el metal —rugoso, imperfecto— comenzó a lacerar la piel con una persistencia metódica.
Luego los tobillos.
El peso resultaba incongruente, desmesurado, como si cada eslabón arrastrara consigo una densidad antigua, ajena a toda lógica.
Giuseppe descendió la mirada.
Las contempló.
No estaban limpias.
Oscuras incrustaciones se alojaban en las hendiduras del metal, adheridas con la obstinación de aquello que se rehúsa a desaparecer. No supo —o se negó a saber— su procedencia. Pero el efluvio…
era inequívoco.
Y, sin embargo, sonrió.
Había en aquellas cadenas una suerte de ornamentación sacrílega. Se ceñían a su cuerpo con la precisión de una joyería deforme, no destinada a exaltar la figura, sino a someterla. Cuando el último aro fue ajustado en torno a su cuello, el metal ascendió hasta alojarse contra la nuez de Adán. Permaneció allí un segundo de más.
De sus labios escapó una exhalación quebrada.
Sintió la presión insinuarse hacia el interior, como si el hierro aspirara a una intimidad que no le correspondía.
Sus manos se crisparon. Sus miembros cedieron ante el peso. Y en lo profundo —allí donde la carne deja de ser superficie— creyó percibir un crujido sordo, ambiguo.
Y, aun así…
sonreía.
Porque aquello —se persuadía— era necesario.
Y porque, más allá del dolor, lo aguardaba su deseo cumplido.
Con un ademán solemne, Frederick descorrió una cortina de terciopelo. Detrás, el escenario aguardaba: pinceles manchados de vida ajena, lienzos desgarrados, un altar sacrílego al arte que se alimentaba de carne y gemidos.
—Ahora, cierre los ojos. Le haré inmortal. Giuseppe obedeció.
El silencio se extendió, abisal.
Unos pasos.
El silbido de un filo.
Y entonces, el dolor.
Abrió los ojos entre espasmos. Vio la sangre manar de su abdomen, un torrente que le arrebataba las fuerzas. Alzó la mirada: Frederick hundía el pincel en la herida y, con cada trazo, no pintaba su figura, sino la sustancia misma de su agonía.
A su lado, el hombre del bar —o aquello que alguna vez había fingido serlo— se descomponía en una mueca imposible.
Reía.
Y en esa risa se filtraba algo que no pertenecía a la risa.
El rostro, enrojecido, vibraba en espasmos mínimos; las facciones parecían no responder ya a una voluntad única. Había en él algo de bufón, pero no de aquellos que divierten, sino de los que revelan lo que debería permanecer oculto.
Alzó la espada. No la limpió. La contempló.
Y luego, con una lentitud casi reverencial, deslizó la lengua por el filo.
Sus ojos se posaron en Giuseppe.
—Sus deseos son órdenes… —murmuró.
Y lo repitió.
—Sus deseos son órdenes… Sus deseos son órdenes…
La risa volvió, quebrada.
—¿No lo comprende usted?…
Pero no aguardó respuesta.
Giuseppe intentó gritar, pero su garganta solo devolvió un borbotón oscuro.
El cuadro resultante fue exhibido, años más tarde, en uno de los salones más prestigiosos de Francia. Desde su primera aparición, despertó una fascinación difícil de nombrar.
Había en él algo que desafiaba la representación: en cada trazo parecía latir un padecimiento genuino. No era la imagen de un hombre… sino la persistencia de su sufrimiento.
Las multitudes acudieron.
Algunos desviaban la mirada. Otros permanecían más de lo debido.
Y, sin embargo, regresaban.
Con los años, la fascinación se degradó. La obra fue reproducida, trivializada.
Pero el rostro…
el rostro permanecía.
Inalterable.
Suspendido en el instante exacto en que el dolor deja de ser humano.
Nadie recordaba ya su nombre.
Y, sin embargo, su deseo se había cumplido. Porque existen formas de inmortalidad que no conceden alivio alguno.
Algunas no se inscriben en la gloria, sino en la repetición interminable de un instante que se rehúsa a morir.
A lo largo de los siglos, la humanidad ha conocido esa permanencia: en los cuerpos expuestos, en los gestos fijados por la violencia.
No toda eternidad es un don.
Algunas… son apenas la prolongación infinita de un error.
Y en aquel rostro persistía algo más que una imagen.
Persistía su condena.
Algo que el tiempo no desgasta.
Algo que, incluso ahora…
continúa sin poder olvidarse.