Belle De Minuit
En la Maison Belladonne, una mansión sobre la costa de Long Island, el lujo y la descomposición comparten una misma respiración.
I La Maison Belladonne permanecía despierta incluso después del amanecer.
Desde el mar, la mansión parecía una aparición francesa injertada violentamente sobre la costa húmeda de Long Island, una arquitectura demasiado elegante y demasiado enferma para pertenecer completamente al mundo de los vivos: balcones ennegrecidos por lluvia salina, vitrales empañados por décadas de humo atrapado, jardines donde las rosas comenzaban a abrirse ya vencidas por una podredumbre prematura que el perfume nocturno de las flores apenas conseguía disimular y corredores interiores donde la humedad descendía lentamente por las paredes con la viscosidad tibia de una secreción orgánica. Durante las madrugadas, cuando la niebla ascendía desde el Atlántico y envolvía gradualmente las esculturas del jardín, Belladonne parecía hundirse dentro de sí misma como un animal exhausto respirando trabajosamente detrás de las ventanas todavía encendidas.
Pero la mansión jamás dormía, no realmente. Porque incluso vacíos, los salones continuaban respirando.
La humedad retenía el olor de las fiestas del mismo modo en que los pulmones conservan humo demasiado antiguo. Las cortinas permanecían impregnadas de champagne agrio, nicotina húmeda y perfume derramado incluso muchos días después de que los invitados desaparecieran nuevamente hacia Nueva York. Las alfombras exhalaban un calor espeso de alcohol derramado, saliva, sudor seco y flores marchitándose lentamente dentro de los jarrones. Belladonne parecía metabolizar todo aquello, absorberlo lentamente dentro de sus paredes, digerir el exceso humano con una paciencia húmeda y silenciosa mientras el lujo comenzaba gradualmente a descomponerse desde adentro.
Los automóviles descendían estrepitosamente por el camino de grava incluso a horas imposibles. Y de ellos emergían grandes hombres, cuyos cuerpos parecían comenzar lentamente a abrirse bajo el peso agotador de la riqueza. Dedos amarillentos por nicotina. Encías húmedas de whisky. Cuellos endurecidos por sudor seco y humo de habano. Algunos reían demasiado fuerte mientras pequeñas gotas de saliva brillaban fugazmente bajo las lámparas del recibidor; otros avanzaban lentamente sosteniéndose apenas el pecho con disimulo, como si el corazón hubiese comenzado ya a fatigarse después de demasiadas noches respirando el aire espeso de Belladonne. Había algo profundamente enfermo en ellos, algo blando, húmedo, agotado por décadas enteras de exceso, y sin embargo continuaban regresando una y otra vez a la mansión con la obediencia desesperada de quienes ya no consiguen existir completamente fuera de aquello que lentamente les arrebata la vida.
Las mujeres aparecían detrás de ellos cubiertas de terciopelo, perlas y maquillaje demasiado espeso para sobrevivir el calor de los salones. El carmín comenzaba lentamente a quebrarse alrededor de las bocas. El sudor descendía bajo las pelucas cuidadosamente fijadas. Los collares permanecían húmedos sobre la piel envejecida de los cuellos mientras el perfume dulce intentaba inútilmente ocultar el olor más profundo de la carne fatigada bajo seda demasiado costosa. Algunas reían mostrando dientes excesivamente blancos e inmóviles, dientes que parecían pertenecer menos a un rostro humano real que a algún objeto brillante cuidadosamente colocado dentro de la boca como símbolo de estatus.
Todo en Belladonne parecía hermoso únicamente desde lejos.
De cerca, la belleza comenzaba lentamente a abrirse, a disiparse.
Y sobre todo aquello persistía Belle de Minuit.
Belle de Minuit descendía por la mansión como una presencia litúrgica, como una respiración demasiado cálida atrapada dentro de las paredes húmedas de Belladonne. Permanecía adherido a las cortinas incluso después de ser lavadas, descendía lentamente desde los ascensores de servicio, reaparecía sobre las almohadas todavía tibias después de las fiestas y continuaba suspendido sobre las muñecas de los hombres que rozaban demasiado tiempo el cuerpo de Daisy Blanchet durante los bailes. Incluso las flores del jardín parecían comenzar gradualmente a deformarse alrededor de aquel aroma: algunas rosas blancas adquirían lentamente el perfume nocturno de las gardenias, mientras otras exhalaban una dulzura almendrada, húmeda, casi orgánica, que parecía surgir directamente desde el interior de los tallos.
Como si Belladonne estuviera aprendiendo lentamente a oler como Daisy.
O como si Daisy hubiese comenzado ya a infiltrarse dentro de Belladonne mucho antes de que alguien lo advirtiera realmente.
Lenore DeValé había aprendido a reconocer Belle de Minuit incluso estando dormida.
A veces despertaba primera en la madrugada y antes de abrir completamente los ojos por completo ya sabía que Daisy continuaba en la habitación, todo gracias a el perfume que permanecía suspendido entre ambas camas estrechas con la densidad tibia de una respiración humana: vainilla cálida, gardenias abiertas demasiado tarde durante la noche, champagne rosado y dulce evaporándose lentamente sobre cristal húmedo, almendra amarga y debajo de todo ello algo más difícil de precisar, algo más profundo y más orgánico, una humedad espesa que parecía instalarse lentamente en la garganta de quien lo respiraba demasiado tiempo, como si el aroma no descendiera únicamente sobre el cuerpo sino también dentro de él.
Daisy dormía junto a ella bajo los corredores inferiores de Belladonne, allí donde eran enviadas las mujeres destinadas a limpiar el exceso de la clase alta antes de desaparecer nuevamente dentro de las cocinas y los ascensores de servicio. Pero incluso allí abajo Daisy parecía pertenecer a otra parte, como si la luz hubiese aprendido lentamente a organizarse alrededor de su cuerpo y todo a su alrededor fuese parte de una obra de arte pintada para transmitir la pasión perfecta del cuerpo femenino.
La seda recaía sobre ella descansando con la naturalidad de una segunda piel.
La luz encontraba siempre el ángulo exacto de su cuello, de su mandíbula. Incluso Lenore jamás la vio comer o realmente, o dar algún indicio de que aquella experiencia de percepción idealizada era en realidad una mujer más como ella.
Durante las fiestas Daisy sostenía copas de champagne entre los dedos, humedecía apenas los labios, sonreía suavemente cuando los hombres se inclinaban hacia ella respirando Belle de Minuit con aquella devoción húmeda y agotada que comenzaba lentamente a parecer religiosa, pero los platos permanecían intactos frente a su cuerpo incluso después de horas. Las frutas ennegrecían lentamente bajo las lámparas. Los postres comenzaban a endurecerse. Daisy jamás parecía notarlo.
Y los hombres la seguían.
Eso era lo insoportable.
Eso era lo que tanto corrompía el alma hambrienta de atención que habitaba a Lenore.
Una parte de ella se atormentaba cuando se descubría pensando tanto tiempo en Daisy, pensaba incluso que podría resultar que esté enamorada de ella, pensamiento digno de escarmiento divino según la religión que le habían impuesto sus padres. O peor, tal vez quería ser ella. Tal vez, después de todo este tiempo mirándola, creía ya que la única forma de conseguir el amor y atención que esa joven recibía era transformándose en una chica ligera como ella.
La señorita DeValé los observaba desde las esquinas de Belladonne mientras recogía copas vacías o retiraba ceniza húmeda de cigarrillos apagados sobre bandejas de plata y veía cómo ellos comenzaban a buscar a Daisy incluso antes de verla, como si Belle de Minuit atravesara primero los salones preparando lentamente el deseo de los cuerpos antes de que Daisy apareciera finalmente detrás de las tinieblas del perfume. Bastaba apenas aquella respiración dulce descendiendo sobre el aire para que las conversaciones comenzaran gradualmente a quebrarse, para que los cigarros permanecieran suspendidos entre dedos inmóviles hasta quemarlos, y las miradas empezaran lentamente a inclinarse hacia ella con la obediencia inconsciente de las flores moribundas buscando un poco de sol. Después Daisy aparecía.
Emergía.
Y Belladonne entera parecía respirar distinto, más profundo.
La seda blanca descendía suavemente desde sus flacos hombros.
Las perlas permanecían húmedas sobre esa puntiaguda clavícula por el calor de las fiestas.
La boca conservaba siempre el brillo ligero del champagne.
Y los hombres se acercaban.
Siempre demasiado.
Algunos fingían necesitar fuego para sus cigarrillos únicamente para inclinarse cerca de su cuello; otros apoyaban apenas dos dedos sobre el respaldo de la silla donde Daisy acababa de sentarse, como si incluso el espacio abandonado por ella continuara reteniendo algo sagrado. Había quienes cerraban los ojos al respirar junto a Belle de Minuit, hombres agotados, húmedos de alcohol y deseo, inclinándose hacia Daisy con la desesperación lenta y casi infantil de quienes comienzan a comprender que jamás volverán a sentir algo semejante fuera de aquella mujer.
Y mientras observaba todo aquello, mientras veía el brillo húmedo descendiendo lentamente por el cuello de Daisy y los cuerpos inclinándose hacia ella con aquella devoción agotada y viscosa que parecía más cercana a la adoración que al deseo, Lenore sintió crecer dentro de sí algo que ya no conseguía nombrar completamente porque el amor había comenzado lentamente a pudrirse hasta transformarse en otra cosa, una necesidad más profunda y menos humana que no consistía ya en besar a Daisy ni en poseerla ni siquiera en destruirla, sino en abolir de una vez aquella distancia insoportable que continuaba existiendo entre ambas, la obscena separación entre el cuerpo que era observado y el cuerpo condenado únicamente a observar, entre el cuerpo que exhalaba Belle de Minuit y el cuerpo destinado apenas a respirarlo desde lejos.
Por las noches compartían un cuarto angosto bajo las escaleras orientadas hacia el ala este de Belladonne y Daisy se sentaba frente al espejo en camisón blanco mientras retiraba lentamente las horquillas doradas de su cabello y Belle de Minuit volvía a expandirse por la habitación como una flor enfermándose.
Lenore fingía dormir.
Pero observaba.
Observaba la seda descendiendo lentamente de los hombros.
Observaba la piel blanquecina de su vientre que parecía nunca haber sufrido los rasguños del sol.
Observaba las piernas desnudas fragmentadas por el espejo.
Observaba el brillo húmedo del perfume detrás de las orejas.
A veces deseaba besarla con una ternura tan profunda que parecía dolor físico.
A veces deseaba abrirle el pecho y hundirse dentro del calor húmedo de su cuerpo hasta desaparecer completamente entre su perfumado y bonito pecho. Y jamás conseguía distinguir dónde terminaba una cosa y comenzaba la otra.
—Nunca miran realmente —murmuró Daisy una madrugada mientras colocaba Belle de Minuit sobre las muñecas y el perfume descendía lentamente sobre la habitación ya saturada de flores nocturnas y humedad tibia—. Solo buscan algo hermoso donde pudrirse un rato.
Después sonrió y prendió su séptimo cigarrillo.
Y Belladonne continuó respirando alrededor de ambas.
Con el paso de las semanas, la mansión comenzó lentamente a deformarse alrededor de Daisy del mismo modo en que ciertas flores se deforman buscando luz. Los hombres hablaban de ella incluso cuando no estaba presente y Lenore los escuchaba desde las cocinas mientras limpiaba vasos cubiertos de saliva y carmín, escuchaba cómo intentaban identificar las notas exactas de Belle de Minuit mientras el humo de habano espesaba lentamente el aire sobre sus cabezas.
—Gardenias.
—No. Champagne.
—Almendra.
—Hay algo más.
—Siempre hay algo más.
Después rompían en carcajadas. Pero no era una risa sana.
Sonaba húmeda.
Hambrienta.
Un hombre pidió una noche besar la muñeca de Daisy únicamente para respirar Belle de Minuit más de cerca. Otro permaneció largos minutos sosteniendo uno de sus guantes usados contra el rostro con los ojos cerrados y una sonrisa viril. Hubo quienes intentaron comprar el perfume. Quienes preguntaron el nombre de la perfumería. Quienes enviaron flores blancas a Belladonne esperando apenas una respuesta.
Y mientras todo aquello ocurría, Belladonne continuaba absorbiéndolo lentamente dentro de sí. Las paredes inferiores comenzaron gradualmente a conservar Belle de Minuit del mismo modo en que la carne conserva una infección demasiado profunda. Incluso las sábanas utilizadas por Daisy parecían continuar húmedas del perfume días después de haber sido lavadas. Las flores del jardín comenzaron lentamente a reproducir fragmentos deformados de su aroma.
Como si la mansión estuviera aprendiendo a respirar como ella.
Como si Daisy hubiese dejado de pertenecer únicamente a su cuerpo.
Lenore comenzó a seguirla.
No deliberadamente.
O al menos eso intentaba decirse mientras avanzaba detrás de Belle de Minuit a través de los corredores inferiores, los jardines húmedos y los salones espesos de humo y cuerpos agotados por el exceso. A veces únicamente para respirar el perfume desde más cerca, porque sobre Daisy el aroma parecía distinto, más cálido, más vivo, como si no hubiese sido colocado sobre la piel sino nacido lentamente desde el interior mismo del cuerpo.
Una madrugada la encontró dormida después de una fiesta particularmente larga. El maquillaje continuaba intacto. Algunas perlas permanecían todavía sobre el cuello. Belle de Minuit seguía emanando suavemente desde la clavícula.
Lenore se inclinó.
Respiró.
Otra vez.
Más profundamente.
Y mientras el perfume descendía lentamente por su garganta con aquella dulzura húmeda y enfermiza, comprendió que el deseo había comenzado ya a deformarse dentro de ella hasta convertirse en algo mucho más profundo y mucho menos humano, una necesidad insoportable de entrar dentro de Daisy, de ocupar el lugar exacto donde Daisy existía dentro del deseo ajeno, porque Daisy parecía atravesar el mundo sin peso alguno mientras Lenore únicamente conseguía observarla desde abajo, desde las cocinas húmedas y los corredores de servicio, sosteniendo bandejas demasiado pesadas mientras Belladonne continuaba inclinándose hacia Daisy del mismo modo en que las flores enfermas continúan inclinándose hacia la luz incluso mientras comienzan lentamente a pudrirse.
El jazz descendía deformado desde los salones superiores mientras el humo de los cigarros se acumulaba bajo las lámparas con la densidad tibia de una neblina artificial y los cuerpos comenzaban gradualmente a ablandarse bajo el calor húmedo de Belladonne. El maquillaje se derretía lentamente sobre los rostros de las mujeres. Los hombres sudaban dentro de sus trajes oscuros con las pupilas húmedas de alcohol. Las flores abiertas en los jarrones comenzaban ya a despedir un olor dulzón y apenas podrido debajo del perfume dominante de Belle de Minuit. Daisy atravesaba lentamente el salón principal.
Y los cuerpos comenzaban literalmente a abrirse a su paso.
Las conversaciones se quebraban apenas.
Los cigarros permanecían suspendidos entre dedos inmóviles.
Las respiraciones parecían reorganizarse alrededor de Belle de Minuit.
La seda blanca descendía suavemente desde los hombros de Daisy mientras el brillo húmedo del champagne permanecía todavía sobre la boca y las perlas continuaban adheridas al calor de la espalda desnuda. Los hombres se inclinaban hacia ella con aquella devoción agotada y viscosa que ya no parecía deseo sino hambre. Y mientras Lenore observaba todo aquello sintió crecer dentro de sí una desesperación tan profunda que el cuerpo entero comenzó lentamente a dolerle, porque comprendió de pronto que jamás conseguiría soportar la existencia de un mundo donde Daisy continuara siendo Daisy y ella continuara siendo únicamente la mujer condenada a observarla desde lejos.
Entonces la siguió.
La música comenzó gradualmente a apagarse detrás de los corredores inferiores de Belladonne mientras Daisy avanzaba delante de ella todavía tambaleándose apenas por el champagne y Belle de Minuit permanecía suspendido en el aire incluso después de que el cuerpo continuaba moviéndose.
Lenore aceleró el paso. Más cerca.
Todavía más cerca.
Ya a pasos de ella.
Hasta alcanzar finalmente el calor húmedo de Belle de Minuit descendiendo desde la piel.
Daisy volvió apenas el rostro todavía sonriendo.
Y Lenore le arrebató un beso a la fuerza.
El perfume invadió inmediatamente su boca.
Gardenias.
Champagne.
Vainilla tibia.
Calor.
Durante un instante Daisy permaneció inmóvil, sorprendida apenas, y después intentó apartarse lentamente para sacársela de encima. Lamentablemente no logró hacerlo, porque para ese entonces su rechazo había alcanzado algo dentro de Lenore que terminaba finalmente de desgarrarse, en parte por desearla, y en otra por no ser digna de ser amada por ella.
El abre sobres atravesó frenéticamente la costilla.
Una vez.
Y otra.
Y otra.
Siete veces.
Las manos comenzaron a moverse con una violencia húmeda y desesperada mientras el metal continuaba hundiéndose entre las costillas como si Lenore intentara abrir algo mucho más profundo que el cuerpo, como si el pecho de Daisy ocultara todavía una entrada secreta hacia aquella belleza insoportable que Belladonne entera parecía respirar.
Daisy abrió los ojos.
Belle de Minuit continuaba intacto.
Eso fue lo verdaderamente insoportable.
Ni la sangre. Ni el jadeo quebrándose.
Ni las manos aferrándose desesperadamente a la seda.
El perfume.
Seguía oliendo hermoso.
El vestido blanco comenzó lentamente a teñirse de rojo mientras la seda absorbía la sangre con la lentitud oscura de una flor bebiendo agua podrida y Lenore continuaba hundiendo el abre sobres incapaz de detenerse, incapaz de soportar todavía la separación obscena entre ambos cuerpos. Las perlas se dispersaron sobre el mármol húmedo. Daisy intentó respirar. Lenore volvió a besarla.
Después abrió su pecho.
La carne cedió lentamente bajo las manos temblorosas mientras el calor húmedo comenzaba a derramarse sobre la seda desgarrada y Belle de Minuit continuaba emanando intacto desde el cuello, desde el cabello, desde la piel todavía hermosa incluso bajo la sangre.
Daisy seguía siendo hermosa.
Incluso abierta.
Incluso muriendo.
Perfecta. Y cuando finalmente el cuerpo cayó inmóvil sobre el suelo de piedra, Lenore permaneció arrodillada junto a él durante largo tiempo respirando Belle de Minuit directamente desde el cadáver antes de encontrar el pequeño frasco rectangular sobresaliendo apenas del bolso de seda.
Entonces lo tomó.
Y Belladonne continuó respirando tranquilamente alrededor de ambas.
II
Al principio el perfume funcionó exactamente como Lenore había imaginado.
Comenzó utilizando apenas pequeñas cantidades detrás de las orejas, sobre las muñecas, entre las clavículas, y Belladonne comenzó lentamente a inclinarse también hacia ella. Primero fueron los hombres: miradas demasiado largas, respiraciones acercándose, dedos rozando accidentalmente la cintura. Después las mujeres.
—¿Belle de Minuit?
—¿Es Belle de Minuit?
—Dios mío…
Lenore sonreía.
Porque por primera vez las personas pronunciaban algo relacionado con ella. Porque por primera vez Belladonne parecía reorganizar ligeramente su respiración alrededor de su cuerpo.
Y las fiestas continuaron.
Más grandes.
Más húmedas.
Más agotadas.
El jazz parecía pudrirse lentamente dentro de los salones. El humo espesaba las lámparas hasta volverlas amarillas. Algunas mujeres terminaban dormidas sobre los sillones con el maquillaje derritiéndose lentamente hacia el cuello mientras los hombres permanecían horas enteras bebiendo hasta que las manos comenzaban apenas a temblar alrededor de las copas.
Y siempre:
—¿Belle de Minuit?
—¿Es Belle de Minuit?
—Dime que es Belle de Minuit…
El nombre comenzó gradualmente a repetirse por Belladonne como una oración enfermiza.
Como una liturgia. Como una infección.
La tormenta comenzó entrada la madrugada.
La lluvia golpeaba violentamente los vitrales mientras Belladonne continuaba rebalsando de humo, jazz y cuerpos húmedos de champagne. Lenore descendió las escaleras principales con un vestido negro adherido al cuerpo. Las conversaciones comenzaron lentamente a quebrarse apenas Lenore descendió las escaleras principales y durante un instante Belladonne entera pareció contener la respiración dentro de sus salones húmedos, como si incluso la mansión hubiese reconocido inmediatamente algo distinto aquella noche, algo demasiado intenso y demasiado vivo expandiéndose desde el cuerpo de Lenore bajo las lámparas empañadas de humo, perfume y calor humano.
No había decidido utilizar Belle de Minuit aquella noche.
Y sin embargo el perfume era insoportable.
Descendía desde ella con una densidad casi física, una respiración cálida de gardenias húmedas, champagne dulce y vainilla enfermándose lentamente bajo el exceso viscoso de Belladonne. Apenas el aroma comenzó a desplegarse por el salón, los cuerpos empezaron gradualmente a reorganizarse alrededor suyo con una obediencia involuntaria, animal, como si el perfume hubiese penetrado directamente dentro de algo más profundo que el deseo: algo agotado y hambriento que llevaba años pudriéndose silenciosamente bajo terciopelo, diamantes y humo de habano.
Primero se volvieron las miradas.
Después los cuerpos. Y finalmente Belladonne completa comenzó lentamente a inclinarse hacia ella.
Lenore experimentó pánico por miera vez.
No un miedo limpio ni repentino, sino algo más húmedo y progresivo, una sensación tibia descendiendo lentamente por el cuerpo mientras observaba las expresiones deformándose alrededor suyo. Los hombres continuaban sosteniendo copas inmóviles entre sus dedos amarillentos. Algunas mujeres respiraban apenas con las bocas entreabiertas mientras el maquillaje comenzaba a derretirse lentamente alrededor del carmín cuarteado. Un anciano permanecía inmóvil junto a una columna con el cuello húmedo de sudor y pequeñas venas azuladas latiendo débilmente bajo la piel transparente de las sienes mientras observaba a Lenore con una concentración insoportable, devocional.
Porque Belladonne estaba mirando.
Belladonne completa.
Los rostros comenzaron lentamente a acercarse.
Uno.
Después otro.
Después demasiados, hasta ser imposibles de ser contados.
Un hombre dejó caer la copa sobre la alfombra sin siquiera advertirlo. El cristal se quebró crudamente bajo los zapatos mientras el champagne descendía lentamente entre las fibras oscuras como sangre clara y pegajosa. Detrás de él una mujer dejó escapar una risa pequeña y extraña antes de también inclinarse hacia Lenore, respirando profundamente como si hubiese permanecido semanas enteras encerrada sin aire suficiente y por primera vez fuese a nutrir su cuerpo de oxígeno.
—Belle de Minuit…
—Dios mío…
—Permítame sentirla…
—Otra vez…
Las frases comenzaron lentamente a repetirse por el salón con una cadencia litúrgica, húmeda, ceremonial e inquisitiva, y Lenore sintió entonces las primeras manos cerrándose sobre sus muñecas.
Dedos cálidos.
Demasiado cálidos.
Dedos húmedos y gruesos.
Un hombre anciano acercó temblorosamente el rostro hacia la parte interior de su brazo y aspiró profundamente con los ojos cerrados mientras otra mujer apartaba lentamente el cabello de su cuello para inclinarse directamente sobre la garganta. Lenore retrocedió inmediatamente, pero más cuerpos continuaban acercándose desde todas partes, demasiados cuerpos, demasiadas respiraciones, demasiado calor acumulándose alrededor suyo.
—No… La palabra salió apenas.
Pequeña.
Ahogada inmediatamente bajo el murmullo húmedo de Belladonne.
Porque nadie parecía escucharla.
O peor:
todos escuchaban y ya no les importaba lo suficiente como para parar.
Las copas continuaban cayendo.
Cristal quebrándose contra el mármol.
Champagne derramándose lentamente sobre zapatos lustrados.
Cigarros consumiéndose solos entre dedos inmóviles.
Y mientras el jazz seguía deformándose bajo las lámparas empañadas, Belladonne completa parecía reorganizarse alrededor de una única necesidad insoportable: acercarse más a Lenore, respirar Belle de Minuit más profundamente, hundirse dentro de aquel perfume con la desesperación elegante y monstruosa de quienes ya no consiguen sentir absolutamente nada fuera del exceso. Los cuerpos terminaron rodeándola completamente.
Hombres húmedos y hambrientos.
Mujeres cubiertas de polvo compacto y sombras de ojos azul derritiéndose lentamente bajo las lámparas.
Jóvenes de pupilas dilatadas por la llamada buena vida.
Ancianos jadeando apenas entre respiraciones cortas y perfumadas de whisky.
Todos inclinándose.
Todos respirando.
Y Belladonne comenzó lentamente a cerrarse alrededor suyo.
Las manos descendían sobre el vestido negro de flecos como si el cuerpo hubiese dejado ya de pertenecerle completamente a Lenore y pasara ahora a formar parte de la mansión misma, otro objeto exquisito dispuesto para el entretenimiento famélico de sus invitados agotados. Una mujer hundió el rostro directamente contra la curva húmeda de su cuello y dejó escapar un gemido suave mientras aspiraba Belle de Minuit desesperadamente, con una lentitud obscena, rozando una sensación amorosa. Otra apoyó los labios demasiado tiempo sobre su clavícula. Un hombre comenzó a besar lentamente la parte interior de su muñeca entre respiraciones trémulas mientras otro apartaba el cabello de la nuca intentando absorber el perfume directamente desde la piel.
—Qué exquisito… —Más cerca…
—Permítame sentirla…
—Oh, Dios mío…
Los mirada en los ojos de los súcubos festejantes parecían alzarse lo suficiente del placer como para dar una vuelta completa en el globo ocular y salir impulsados hasta el techo.
Las voces comenzaban lentamente a superponerse hasta convertirse en una única respiración colectiva.
Lenore intentó apartarse.
No pudo.
Más cuerpos continuaban abalanzándose sobre ella y su fuente de placer.
El calor se volvió insoportable.
Perfume.
Champagne.
Sudor.
Flores fermentadas. Aliento burbujeante de alcohol rancio.
Todo mezclándose dentro del aire saturado de Belladonne mientras las personas comenzaban gradualmente a perder cualquier apariencia de refinamiento. El maquillaje se derretía por los rostros como cera. El sudor atravesaba las perlas y los cuellos de lino endurecidos. Algunas mujeres respiraban con pequeñas contracciones desesperadas en la garganta. Los hombres comenzaban a jadear suavemente mientras hundían el rostro cada vez más profundo de la piel de Lenore, y entre las respiraciones empezaban a escapar pequeños sonidos húmedos, murmullos quebrados por el deseo y el perfume.
—Otra vez…
—Por favor…
—Déjeme sentirlo…
—Belle de Minuit…
Las palabras comenzaban lentamente a degradarse, mientras los gemidos y otras expresiones del placer aumentaban en cadencia y volumen.
El dialecto elegante de Belladonne principiaba a pudrirse bajo el ansia.
El corset comenzaba lentamente a aplastarle las costillas bajo la presión constante de los cuerpos y Lenore sintió entonces algo todavía peor que el miedo: la certeza insoportable del fin. De que Belladonne entera se estaba cerrando alrededor suyo con la misma lentitud transpirante con la que una flor carnívora termina envolviendo aquello que finalmente ha decidido consumir. Ya casi no conseguía avanzar.
Cada vez que intentaba apartarse encontraba otra mano cerrándose sobre ella.
Dedos aferrándose con desesperación sobre la tela de su vestido.
Uñas rozándole la espalda como caricias intrépidas.
Anillos de oro fríos atrapando sus muñecas.
Los cuerpos continuaban presionándose desde todos lados con una cercanía cada vez más obscena, más sofocante, y el aire entero comenzaba lentamente a volverse irrespirable bajo la acumulación de perfumes demasiado empalagosos mezclados con humo, sudor corporal, y otros vicios burgueses derritiéndose a una enorme velocidad. Mientras, el olor agrio del champagne secándose sobre las alfombras húmedas de Belladonne y la mansión gemía inconsolablemente.
Las gardenias de Belle de Minuit seguían respirando debajo de todo aquello.
Aunque ahora comenzaban lentamente a pudrirse.
Lenore sintió náuseas.
Porque el perfume ya no olía únicamente hermoso.
Ahora olía vivo.
Demasiado vivo. Apestosamente vivo.
Intentó volver a gritar, pero alguien acercó su rostro demasiado cerca del suyo y la exhalación caliente ingresó directamente en su boca entre las palabras quebradas. El aliento era nauseabundo. Lenore giró desesperadamente el rostro, pero otra mujer ya estaba inclinándose sobre ella desde el otro lado con las pupilas dilatadas y el estuco deteriorado.
—Belle de Minuit…
La voz salió convertida casi en un gemido suplicante perdiéndose en su metamorfosis a una exhalación caliente y marchita.
Las manos seguían descendiendo sobre su cuerpo.
Una acariciaba lentamente la tímida curva de su cintura.
Otra permanecía hundida contra las costillas comprimidas por el corset.
Otra le sostenía el cuello como si intentara inmovilizarla suavemente para continuar respirando.
Y Belladonne seguía acercándose.
Porque incluso la mansión parecía haberse vuelto más pequeña.
Más cálida. Más húmeda.
Lenore ya no conseguía distinguir dónde terminaban las paredes y dónde comenzaban los cuerpos.
El rubor ajeno comenzaba a mancharle la piel. Carmines chorreados rozaban accidentalmente su cuello. Polvo compacto descendía sobre el vestido negro haciéndolo parecer nevado. Alguien dejó saliva brillante sobre la curva de su clavícula después de besarla demasiado tiempo y Lenore sintió entonces una desesperación tan violenta que las lágrimas comenzaron finalmente a mezclarse con el sudor sobre su rostro.
—Por favor…
La voz se quebró inmediatamente.
Nadie se detuvo.
—Por favor… tengan clemencia.
Soltó un alarido brutal.
Porque Belladonne ya no parecía llena de personas sino de apetito.
Los hombres jadeaban suavemente contra su piel como criaturas salvajes exhaustas. Las mujeres respiraban con pequeñas contracciones temblorosas en la garganta mientras acercaban el rostro cada vez más. Algunos invitados permanecían inmóviles observando desde alrededor con expresiones fascinadas, como si contemplaran un espectáculo exquisito y lentamente insoportable tan hipnótico y grotesco que ya no podían apartar la mirada. Otra copa cayó al suelo.
Después otra.
Cristal quebrándose.
Jazz descomponiéndose.
Perfume pudriéndose.
Y mientras Lenore intentaba desesperadamente abrirse paso entre los cuerpos sintió cómo el calor comenzaba lentamente a adherirse a ella como su segunda piel, una capa húmeda compuesta de respiraciones ajenas, humo, saliva agria y flores fermentadas bajo las lámparas doradas de Belladonne.
El corset le comprimía el pecho al punto del quiebre.
Cada respiración comenzaba a doler mientras sus costillas cedían.
Y aun así seguían acercándose.
Más cerca.
Siempre más cerca.
—Déjeme sentirla… —Otra vez…
—Belle de Minuit…
—Dios mío…
Las voces ya no sonaban humanas.
Parecían plegarias murmuradas por cuerpos demasiado ricos y demasiado podridos para recordar todavía una noción algo tan simple como el consentimiento, sin hablar de las barreras entre lo levemente nocivo y la crueldad.
Lenore sintió entonces otra mano descender violentamente entre sus piernas, mientras alguien clavaba el rostro entre su cuello y su hombro respirando con tanta fuerza que el cuerpo entero parecía estremecerse violentamente. Otra persona comenzó a besar desesperadamente la parte interior de su muslo. Una mujer apoyó lentamente la boca detrás de su oreja y dejó la respiración suspendida allí demasiado tiempo, húmeda y temblorosa, antes de rozar apenas la piel mientras soltaba otro pequeño gemido quebrado directamente contra su oreja.
Y fue entonces cuando Lenore gritó verdaderamente.
Un sonido que sangraba los oídos ajenos y reventaba tímpanos vírgenes.
Primitivo.
Salvaje. Un sonido de miedo puro y siniestro abriéndose paso finalmente entre el humo, el perfume y las lámparas doradas de Belladonne.
Pero nadie se apartó.
Algunos incluso se tentaron a sonreír.
Como si el terror volviera todavía más exquisita la divina ceremonia.
Como si las lágrimas de Lenore perfumaran todavía más el aire.
Y mientras Belladonne continuaba respirando alrededor suyo con aquella hambre húmeda y ceremonial de los ricos acostumbrados a creer que todo cuerpo hermoso existe únicamente para ser consumido, Lenore comprendió finalmente que la mansión jamás había amado realmente a Daisy, no como ella creía.
La habían devorado lentamente.
Del mismo modo en que ahora intentaban devorarla a ella.
Entonces huyó.
Descendió desesperadamente hacia los corredores inferiores mientras todavía escuchaba detrás de sí:
—¿Belle de Minuit? —¿Belle de Minuit?
Abrió la antigua cava.
Y entonces recordó.
El cadáver.
Daisy.
La seda endurecida.
Las perlas dispersas.
Durante semanas enteras Belladonne había conseguido absorber lentamente el asesinato del mismo modo en que absorbía todo, ocultándolo dentro de sus paredes mohosas hasta volverlo casi irreal incluso para Lenore.
Pero Daisy continuaba allí.
Intacta.
Perfecta.
La piel blanca.
Perfecta. El cabello dorado.
Perfecta.
El pecho abierto bajo la seda endurecida.
Perfecta.
Y Belle de Minuit continuaba emanando suavemente desde el cadáver como si la muerte jamás hubiese conseguido adherirse completamente a ella.
III
Lenore cayó de rodillas.
No comprendía.
No comprendía por qué Daisy seguía siendo hermosa.
Por qué seguía oliendo viva.
Por qué el tiempo parecía haberse detenido únicamente para ella.
¿Por qué hasta la muerte misma parecía mostrarle su preferencia? Gardenias.
Champagne.
Vainilla tibia y almendras.
El perfume descendía lentamente desde el cadáver con la misma dulzura insoportable de siempre mientras Belladonne continuaba respirando alrededor del cuerpo intacto.
Lenore comenzó a llorar.
Después huyó.
Después de todo, no quería hacerse cargo de un cuerpo muerto en este momento.
La lluvia golpeaba violentamente los jardines mientras Lenore atravesaba Belladonne tambaleándose y Belle de Minuit continuaba emanando desde su cuerpo con una intensidad casi insoportable, mezclándose ahora con el barro húmedo de la tormenta y el humo tibio que todavía escapaba desde las ventanas abiertas de la mansión. Detrás de ella el jazz continuaba respirando deformadamente bajo las lámparas doradas. Las risas seguían ascendiendo desde los salones. Belladonne continuaba viva.
Y aun así algunas personas seguían acercándose.
Todavía preguntaban.
—¿Belle de Minuit…? Porque incluso bajo la lluvia el perfume continuaba descendiendo desde Lenore con aquella dulzura enfermiza de gardenias húmedas, champagne tibio y vainilla, abierta demasiado tiempo sobre calor humano, y durante algunos segundos más los invitados continuaron inclinándose hacia ella con la misma obediencia agotada y ceremonial de siempre.
Hasta que una mujer se detuvo abruptamente frente a Lenore sobre la grava mojada.
La observó.
Respiró otra vez.
Y algo comenzó lentamente a deformarse en su rostro.
Primero confusión.
Después incomodidad.
Después un horror físico tan inmediato y tan involuntario que la boca se abrió apenas mientras las pupilas parecían dilatarse bajo la lluvia.
—¿Qué…?
Volvió a respirar.
Más profundamente.
Y entonces retrocedió violentamente llevándose la mano a la nariz. —Dios mío…
La voz salió quebrada.
No elegante.
No refinada.
Por primera vez: humana.
Humana. La mujer comenzó a vomitar desenfrenadamente sobre la grava húmeda mientras las perlas del cuello chocaban unas contra otras con un pequeño sonido tintineante desesperado y Belladonne pareció contener la respiración con el abdomen endurecido apenas un instante antes de que otros cuerpos comenzaran lentamente a acercarse alrededor de Lenore.
No para ayudarla.
Para mirar.
Siempre para mirar.
Los hombres descendieron lentamente los escalones sosteniendo todavía copas de champagne con sus manos sucias. Las mujeres permanecían bajo los marcos iluminados de las puertas con el maquillaje arruinándose lentamente bajo la humedad. Algunos reían nerviosamente. Otros observaban inmóviles. E incluso algunos buscaban en la mirada de los demás hombres alguna pista o indicio capaz de deducirse por la gestualización que les dijera qué estaba realmente pasando en ese lugar.
Lenore sintió entonces algo hacerse paso fríamente desde bajo de la piel de su cuello.
Un pequeño desgarro húmedo.
Cálido.
Levantó temblorosamente la mano hacia la garganta.
Los dedos regresaron manchados de un líquido oscuro y espeso.
No.
Dios, no.
No.
La palabra apareció inmediatamente dentro de ella.
No.
Dios, no.
No. Todavía no como grito.
Todavía no completamente.
Todavía no entregada a la aceptación de la derrota.
Lenore intentó enderezarse.
Intentó acomodarse el vestido negro adherido al cuerpo.
Intentó apartar el cabello mojado del rostro.
Intentó respirar normalmente.
Como si todavía pudiera conservar algo.
Belleza.
Dignidad.
Deseo.
Algo. Después de todo, ¿Quién era si no era todo aquello? ¿Quién era sin esas cualidades? Si estas, aunque nuevas en su vida y ante todo ilusorias, habían sido las que habían dado el génesis a su vida social, a que Belladone por fin notara su existencia. Si no era un objeto de deseo, pues no era absolutamente nada.
Nada.
Nada más de lo que era hace dos semanas.
Y no estaba dispuesta a volver a sentir la humillación que llevaba consigo su propia identidad.
Pero el olor comenzaba finalmente a abrirse debajo de Belle de Minuit con una lentitud insoportable.
Flores podridas.
Champagne barato derramado.
Carne en estado de descomposición.
Las personas retrocedieron apenas.
Solo apenas.
Porque incluso entonces algunos continuaban respirando profundamente.
Como si el perfume siguiera existiendo debajo de la hecatombe. Como si Belladonne todavía consiguiera erotizar la corrupción.
Lenore sintió nauseas.
Después dolor.
Un dolor profundo y viscoso descendiendo lentamente por las encías.
Se llevó nuevamente la mano a la boca.
Percibió un diente moverse.
Pequeño.
Blando.
No.
Dios, no
La palabra salió ahora entre los labios.
—No…
Dios, no. No.
Los dedos comenzaron a temblar desesperadamente mientras intentaba encastrarlo nuevamente dentro de la encía, como si el cuerpo todavía pudiera obedecerle, como si todavía existiera alguna posibilidad absurda de conservar intacta la máscara dorada que Belladonne había permitido construir alrededor suyo.
Pero la ilusión del control fue más corta de lo esperado y el diente terminó desprendiéndose.
Cayó suavemente dentro de la palma húmeda.
Pequeño.
Blanco.
Perfecto.
Lenore lo observó aterrorizada.
Después otro comenzó lentamente a aflojarse.
Y otro.
No.
No no no no— Dios, no.
No.
Las palabras comenzaron finalmente a quebrarse dentro de su garganta ardiente mientras los dientes descendían uno tras otro entre pequeñas hebras oscuras de sangre espesa diluyéndose con la lluvia. Algunos golpeaban directamente sobre la grava. Otros permanecían adheridos temblorosamente dentro de sus manos.
Una mujer se desgarró de un gritó hasta caer del impacto con un impacto en el suelo.
Un hombre retrocedió rápidamente cubriéndose la totalidad de su boca con la mano izquierda.
Pero aun así otros continuaban mirando con una fascinación inmóvil y húmeda.
Como si el horror hubiese terminado de transformarse en otro espectáculo más.
Una presentación estelar.
Lenore cayó de rodillas resonando los huesos contra el suelo como un gran tambor.
El corset comenzó a tensarse dolorosamente alrededor del abdomen mientras el cuerpo parecía hincharse lentamente bajo la tela mojada. La piel del cuello adquiría gradualmente un color violáceo, después negro verdoso, mientras pequeñas fisuras húmedas comenzaban a abrirse sobre la clavícula y Lenore gritaba agonizantemente.
No. Dios, no.
La palabra regresaba ahora una y otra vez.
Más rápido.
Más desesperadamente.
—No…
—No no no—
—No por favor, Dios, no—
Intentó cerrar el vestido sobre la carne abriéndose para frenar el sangrado.
Intentó cubrirse el cuello.
Intentó recoger desesperadamente los dientes dispersos sobre el barro como si estuviese salvando los últimos rastros de su imperio caído.
Pero los dedos también comenzaban lentamente a deformarse.
Las uñas se desprendían blandamente bajo la lluvia. La piel cedía.
Los huesos se quebraban con la fuerza del viento.
Belle de Minuit continuaba emanando intacto desde la carne abriéndose.
Eso era lo verdaderamente insoportable.
El perfume seguía siendo hermoso.
Precioso.
Bonito.
Perfecto.
Incluso ahora.
Incluso mientras el cuerpo comenzaba lentamente a pudrirse desde adentro.
Lenore, ya irreconocible, levantó finalmente la mirada hacia Belladonne.
Y comprendió.
Comprendió que la mansión jamás había dejado de respirar. Jamás había dejado de mirar.
Dios, jamás siquiera había amado realmente a Daisy.
Mucho menos la había amado a ella.
Belladonne únicamente consumía.
Las consumía.
Consumía juventud.
Perfume.
Belleza.
Deseo.
Cuerpos.
Y después continuaba respirando.
Intacta.
Perfecta. La lluvia descendía violentamente sobre el jardín mientras Lenore comenzaba finalmente a deshacerse sobre la grava húmeda. La piel del rostro se abría lentamente alrededor de la boca. Sus huesos se limpiaban solos con el agua del cielo. Un ojo encabezó a hundirse blandamente dentro de lo que quedaba de carne. El vestido negro ya no conseguía contener el cuerpo deformándose debajo.
Y aun así la música continuaba sonando dentro de Belladonne.
Jazz.
Risas.
Hedonismo.
Cristal.
Champagne.
Deseo.
Algunos invitados comenzaron lentamente a regresar al interior de la mansión sin mostrar una mínima reacción humana.
Otros permanecían observando todavía algunos segundos más. Fascinados, enfermos, incapaces de apartar completamente la mirada de aquella mujer que se derrumbaba bajo Belle de Minuit.
Lenore intentó soltar una última palabra. Mas la mandíbula cedió apenas hacia un lado con un pequeño sonido húmedo.
Otro diente cayó sobre el barro.
Después otro.
—No…
La palabra salió ya deformada.
Casi irreconocible.
Al igual que ella.
Finalmente, el cuerpo entero colapsó lentamente sobre la grava mojada mientras la lluvia arrastraba maquillaje, sangre oscura, dientes y perfume hacia los jardines saturados de Belladonne, drenándolos en la tierra para darle de comer a las raíces de los arbustos que daban sombra para la noche, pues siempre era día después de todo para los que rehúsan a despertar.
Muy por debajo, en las profundidades mohosas y polvorientas de la mansión, Daisy Blanchet abrió lentamente los ojos.